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Un minuto contigo

Saboreo en los labios un gusto amargo, un poco a culpa y en su mayor parte a frustración. Yo no tengo pruebas concretas que lo merezco, que soy yo quien más le ama y que soy yo quien no quiere verle sufrir más. Pero, ¿cómo demostrarlo? Con hechos firmes y sin conjeturas. Desde aquel día lleno de tintes teatrales y lágrimas vizcosas y sucias, decidí hacer todo bien. Y sin embargo pareciera que todo saldrá mal siempre.. Pero no. Esta noche él llegará, me tomará en sus brazos y me mirará con esos ojos que amo, ese adictivo negro de sus ojos, me dira, te amo, te he extrañado todo el día y yo sonreiré, le besaré el cuello y dirá que desea descansar. Cuando la luz se apague y yo me recueste en sus brazos, el besara mi frente, y con dulzura me dirá que está enamorado, locamente enamorado. Le susurraré un te amo al oído mientras sus labios buscan mis pechos y, a tientas, con un candor irreconocible, busca abajo de mi sudadera lo que tanto anhela. Me besará en los labios, y mientras me acaricia suavemente el cuerpo, me dira un dulce te amo, buscando en mi entrepierna lo que grita por ser poseído. Me tomará, de una manera loca, apasionada, casi desesperada, olvidará todo y yo también mientras mis uñas certeras le arañan la espalda. Deseo, amor, entrega... no existe más. Deseo, amor, entrega, hasta que, llegado el éxtasis, la descarga criminal llegue a nuestros cuerpos, que, fatigados, caerán en los brazos del otro en un incontenible suspiro inundado de amor. Te amo, te amo, te amo...

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