Pues, eso. Escribo cada vez menos. Así pasa. Los artistas necesitan la tragedia para que la imaginación funcione como un combustible: muy amargo, corrosivo, eficiente. Pero es una pretención bastante grande considerarme artista porque todos tenemos un poco de todo, y en mis momentos artísticos de vez en cuando extraño la tragedia. Extraño el exceso. Extraño el drama. No porque estas cosas falten en mi vida cotidiana, si algo hay es material, pero no las veo con el mismo filtro de antes. Todo parecía digno de ser escrito, encendía un fuego en mi y mi abuso constante del alcohol y amoríos adolescentes me llevaba a historias estúpidas e interesantes. Ahora, sumida cada vez más en la medianía, agradezco que mis pocas tragedias se limiten a las experiencias humanas que antes me parecían el fin de mi existencia y no tenga que llenar libretas enteras mientras ruego por mi vida en algún país en guerra. Vaya vida holgada y facilota. De vez en cuando me gusta releer lo que he escrito y ve...
"Pendejez": estado emocional post-tristeza Hay momentos en que la tristeza ya no duele, pero tampoco se ha ido del todo. Queda suspendida, flotando como un eco, hasta se siente suavecito como una neblina que te envuelve sin apretar. No estás feliz, pero tampoco roto. Solo estás. Y hasta se disfruta. A esa sensación, los poetas le buscan nombres en otros idiomas: saudade, en portugués; melancholia en latín; mono no aware en japonés. Pero aquí, en tierra más cruda y más honesta, le decimos pendejez. "Andas en la pendeja", te dicen. La pendejez es ese andar distraído, con mirada de perrito sin dueño, pensando en cosas que no tienen solución, pero que igual se piensan. Es andar en la pendeja, pero bonito. Como si tu cerebro se pusiera en pausa para contemplar lo inútil, lo triste, lo inevitable… y en ese mismo contemplar, encontrar algo tibio, estético, casi sabroso. No es depresión, no es alegría, no es reflexión profunda ni tontería superficial. Es un estado flotante...