Pues, eso. Escribo cada vez menos. Así pasa.
Los artistas necesitan la tragedia para que la imaginación funcione como un combustible: muy amargo, corrosivo, eficiente. Pero es una pretención bastante grande considerarme artista porque todos tenemos un poco de todo, y en mis momentos artísticos de vez en cuando extraño la tragedia. Extraño el exceso.
Extraño el drama.
No porque estas cosas falten en mi vida cotidiana, si algo hay es material, pero no las veo con el mismo filtro de antes. Todo parecía digno de ser escrito, encendía un fuego en mi y mi abuso constante del alcohol y amoríos adolescentes me llevaba a historias estúpidas e interesantes. Ahora, sumida cada vez más en la medianía, agradezco que mis pocas tragedias se limiten a las experiencias humanas que antes me parecían el fin de mi existencia y no tenga que llenar libretas enteras mientras ruego por mi vida en algún país en guerra.
Vaya vida holgada y facilota.
De vez en cuando me gusta releer lo que he escrito y ver cuánto he mejorado o empeorado en el caso menos favorable. Siento que el hecho que escriba mejor no me hace una mejor escritora, y que hace quince años, cuando abrí este blog, tenía mucha más alma que ahora, mejor letrada pero tejiendo sin ganas en un telar destartalado donde salen conjuntos desiguales y no lienzos enteros como antes.
Quizá porque tenía más llama. Arrojada al mundo demasiado pronto, el horror de la adolescencia le daba alma, fuego y corazón a mis escritos. Ahora no es que no tenga de que quejarme pero a nadie le interesa en realidad.
Comentarios